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La pirámide de Micerinos



Su nombre era Menkaura, pero el escritor griego Heródoto lo tradujo como Mikerinos (Micerinos en español). Fue faraón de la IV Dinastía del Antiguo Egipto, hijo de Kefrén y nieto de Keops, la historia lo recuerda como un buen soberano que restableció el culto a algunos dioses prohibidos por reyes anteriores, pero con una vida promiscua en palacio donde no faltaban los festines y la lujuria.

Micerinos ordenó la construcción de la tercera pirámide de la meseta de Giza, que conserva su nombre hasta nuestros días. De menor tamaño que sus compañeras, se la conoció como la Pirámide Divina y en el momento de erigirse estaba revestida con grantio rosado proveniente de las canteras de Asuán.

Esta pirámide también fue en innumerables ocasiones, profanada por asaltantes que buscaban las riquezas que el faraón había dispuesto para su viaje al más allá. Si bien la entrada se hallaba intacta, es probable que la brecha que presenta en su cara norte haya sido obra de saqueadores de reliquias de otros tiempos.

En su interior, durante las excavaciones del último siglo, se recuperó un sarcófago de basalto con una momia dentro, pero se duda que ésta haya pertenecido al propio Micerinos, y se atribuye en cambio a otro noble de la dinastía.

Lo cierto es que junto con las grandes pirámides de Kefrén y Keops, la de Micerinos constituye uno de los principales atractivos arqueológicos del Valle de los Reyes, y miles de turistas quedan sorprendidos por la colosal estructura, testigo mudo de un tiempo de esplendor que se hunde en la noche de la historia.

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